Irune Ariño, de Canal Hache, nos ha invitado a debatir a Eduardo Fernández Luiña y a mí por escrito, y próximamente en vivo y en directo, sobre el estado de la democracia liberal. Por un lado, Fernández Luiña –politólogo, decano de la Universidad de las Hespérides y, lo más importante, una estupenda persona– mantiene una visión constructiva y reformista; por otro, mi propia perspectiva es mucho más sombría. Creo que la crisis actual no una simple deriva corregible, sino el despliegue lógico de dinámicas estatales que el liberalismo clásico nunca logró domeñar.

Fernández Luiña ofrece un análisis equilibrado y, en último término, optimista. Reconoce que la democracia liberal es un experimento histórico excepcional, construido sobre tres pilares: el democrático (sufragio universal), el liberal (derechos individuales prepolíticos) y el republicano (separación de poderes, imperio de la ley y participación cívica). Esta arquitectura ha generado espacios de libertad inéditos, permitiendo que millones construyan sus vidas según sus preferencias.

Sin embargo, Fernández diagnostica una mutación preocupante en la expansión descontrolada de la lógica democrática, la cual erosiona los pilares liberales y republicanos, derivando hacia democracias meramente electorales y plebiscitarias, expuestas a la «tiranía de la mayoría» que ya temía Tocqueville. La distancia entre élites y ciudadanía es, para él, una causa central de la crisis.

Su solución no es congelar la democracia liberal ni abandonarla, sino reconstruirla desde abajo. Proponer mayor federalismo y municipalismo para fragmentar el poder, acercar las decisiones a la realidad concreta de la gente y renovar las élites. Rechaza la idea de que la democracia liberal sea «procedimental y sin alma»; al contrario, la ve como la forma política que mejor acomoda la complejidad humana (ángeles y demonios a la vez).

Fernández Luiña concluye con confianza que solo mediante instituciones liberal-democráticas podemos corregir sus derivas. La salida está en profundizar sus fundamentos mediante dinámicas voluntarias de cooperación. Si se equivoca, termina con talante falsacionista, será porque la ciudadanía ha dejado de valorar la libertad y el compromiso cívico.

Mi postura es más pesimista y, me temo, más realista. Los grandes observatorios —Freedom House, V-Dem y el Economist Intelligence Unit— coinciden en que llevamos casi dos décadas de declive democrático global. Las autocracias ya superan en número a las democracias y el 72% de la humanidad vive bajo regímenes no libres. No creo que esto sea una «ola autoritaria» contingente que pueda revertirse con más federalismo o municipalismo. Es la lógica interna del Estado moderno la que devora a la democracia liberal. Hobbes comprendió mejor que Locke que el soberano absoluto crece necesariamente, como el cáncer. Hegel remató la faena planteando que la Historia culmina en el Estado como realización del Espíritu Absoluto, no en su disolución.

El liberalismo clásico murió en el siglo XX, en buena medida por su propio intento de renovación. El Coloquio Walter Lippmann de 1938 inauguró el «neoliberalismo» que aceptaba un Estado interventor (Hayek expidió el certificado de defunción en Camino de servidumbre, donde defendió que el laissez faire había sido el gran error liberal, lo que llevó a que abominaran de él tanto Ayn ​​Rand como Hans-Hermann Hoppe, grandes libertarios). Desde entonces, el liberalismo es un zombi que repite mantras («Estado mínimo», «mercados espontáneos») mientras el poder se concentra en burocracias, bancos centrales, grandes tecnológicas y reguladores globales. La IA acelera este proceso como una Big Sister huxleyana con vigilancia amable, consumo garantizado, libertad negativa abolida bajo retórica de seguridad y felicidad. Tocqueville llamó a este híbrido de Leviatán y Behemoth, «despotismo suave», el que retrató a Huxley en Un mundo feliz. El capitalismo no ha sido destruido por el socialismo (como pensó Marx), sino domesticado por el estatismo (como intuyó Schumpeter).

En la lucha de civilizaciones, la versión liberal-laica-secular lleva las de perder frente a modelos más coherentes con el poder concentrado (China, Singapur y sus imitaciones disfrazadas). Si me equivoco, yo también me apunto al falsacionismo, será porque se reviertan los índices de declive, se generalicen mecanismos suizos de democracia directa, desaparezca la cancelación cultural y se desideologicen las universidades. Hasta ahora, las evidencias apuntan en dirección contraria.

Tanto Eduardo como yo coincidimos en diagnosticar una crisis grave en la reconfiguración del orden global y en rechazar la congelación del statu quo. Divergimos en los pronósticos: ¿puede la propia democracia liberal reformarse desde abajo antes de que el Leviatán, potenciado por la tecnología, complete su apoteosis? Ojalá tenga razón Eduardo.

Publicado originalmente en Libertad Digital: https://www.libertaddigital.com/club/ideas/2026-05-08/santiago-navajas-la-agonia-de-la-democracia-liberal-1b-7399282/

Dr. Santiago Navajas.- Profesor de Filosofía. Articulista en los diarios Vozpópuli y Libertad Digital, entre otros. Es autor de Manual de Filosofía en la pequeña pantalla (2011), De Nietzsche a Mourinho. Guía filosófica para tiempos de crisis (2012), El hombre tecnológico y el síndrome Blade Runner (2016)y el más reciente: El Pensamiento en Lucha(2024) entre otros libros.

Twitter: @santiagonavajas

Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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