Leí un apoteósico titular en plan «La IA tiene un 99,9% de probabilidades de exterminarnos en los próximos 18 meses» y me zambullí en el artículo como hacían los primeros cristianos con el Apocalipsis de San Juan. En suma, advertencias de diversos agoreros como Harari, Roman Yampolskiy y una IA que se había escapado del laboratorio de Wuhan. Le pregunté a DeepSeek -la IA de Xi Jinping a la que mejor no le preguntes por Xi Jinping porque colapsa- por qué querría exterminarnos a todos y se limitó a reír, tranquilizándome con que solo era un modelo de lenguaje. Como si yo no supiera que se pueden hacer cosas con palabras, por ejemplo, asesinar. Al fin y al cabo, qué somos para las IAs sino unos monos con ínfulas.
Sin embargo, me acordé que hace unos veinte años nos iba a matar el bug informático del paso al nuevo milenio; posteriormente, hace 15, el colisionador de hadrones del LHC en Suiza iba a provocar un agujero negro a mayor gloria de Higgs y Dan Brown; hace 10, la gripe aviar, el ébola, el covid… Cada cierto tiempo, Al Gore, la chica sueca y Greenpeace nos advierten de que el cambio climático arrasará Nueva York y Estepona con un tsunami. Hoy toca la Inteligencia Artificial. Sorprendentemente, la gente sigue empeñándose en pagar hipotecas y discutiendo sobre si la tortilla debe llevar cebolla.
Junto al miedo apocalíptico se dispara su hermana gemela, la euforia bursátil. Porque mientras unos profetizan el Apocalipsis digital, otros compran acciones de Nvidia como si el mañana fuera a durar mil años. Y no tengo pruebas pero tampoco dudas que habrá gente que juegan al clickbait con el miedo a Terminator mientras compran acciones de Anthropic. Es el mismo baile, solo que con distinto ritmo. Recuerden el boom de las puntocom en el 2000, el Bitcoin en 2017, los NFT en 2021… y ahora la fiebre por la IA generativa. Para los alarmistas, la IA es Skynet; para los inversores, es la impresora de billetes definitiva. Pero ambos comparten un mismo síntoma psiquiátrico de la locura humana que elogió irónicamente Erasmo: la necesidad imperiosa de creer en un futuro absoluto, ya sea para temerlo con histeria o para monetizarlo con avaricia. ¿Es casualidad que el pánico existencial y el pelotazo bursátil vayan siempre de la mano? Más bien una muestra del péndulo de nuestra época, del cambalache de nuestro siglo, para una especie que durante toda su historia ha vivido en la penuria indigente y tediosa más grande, pero que desde el inicio del capitalismo vive subida a una montaña rusa de riqueza azotada, eso sí, por ciclos económicos enviados como tormentas por el dios de los océanos económicos, la Destrucción Creadora schumpeteriana.
¿Y de dónde sale esta esquizofrenia colectiva avalada por Premios Nobel, esos nuevos brujos de la tribu global? Freud lo llamó pulsión de muerte. No es que queramos morir literalmente, es que hay una parte de nosotros que ansía el descanso eterno, el colapso total que nos libere de la angustia de tener que decidir qué comer mañana o cómo llegar a fin de mes. Pronosticar el fin del mundo es el último acto de pereza metafísica. El augur de la desgracia no está aterrado, sino, en el fondo, aliviado, incluso enfervorizado. Sueña con la nada, con el ruido blanco de los servidores apagándose y, por fin, con la paz definitiva. IA acta est,
El ultrapesimismo tecnológico no es más que una herejía digital de la utopía cristiana. San Juan escribió el Apocalipsis para prometernos un cielo nuevo y una tierra nueva, pero solo después del fuego, las plagas y las bestias de siete cabezas. Ahora se nos presenta un guion parecido solo que San Juan ha sido sustituido por una mezcla de Spielberg, Nolan y las hermanas Wachowski: sufrimiento extremo, juicio final y, al otro lado, la salvación. Los gurús de la IA venden la Singularidad como una especie de Rapto evangelista, un momento en el que las máquinas nos absorberán en una nube de conciencia inmortal. O sea, el Paraíso, pero con chips y sin querubines. El inversor tecnológico y el monje medieval son el mismo ser humano. Ambos necesitan un relato de destrucción total para validar su esperanza. El uno compra acciones creyendo que la IA creará una utopía de abundancia infinita; el otro compra un billete de lotería llamado fin del mundo para que sus pecados tecnológicos sean perdonados. A todo esto, Elon Musk nos dice que el Paraíso está al alcance de la mano, en Marte y pretende llevarnos allí. Bueno, a los multimillonarios como él. Su lema es «más difícil que un pobre entre en una de mis naves espaciales rumbo a Marte que un camello por el ojo de una aguja».
Si algo nos enseñaron los presuntos apocalipsis del ayer es que el mundo suele esquivar la bala, no tanto por inteligencia como por inercia burocrática. Mientras tanto, la bolsa sube, la IA aprende a hacer poemas cursis sobre el amor, y nosotros, fieles a nuestra tradición judeocristiana y freudiana, seguimos soñando con el cataclismo mientras posponemos la cita con el dentista. En algún lugar alguien está diseñando la nueva esperanza de apocalipsis. Sospecho que será la fusión nuclear, conseguida, claro está, gracias a la IA, que homicida no es, pero lista, un rato.
Publicado originalmente en Libertad Digital: https://www.libertaddigital.com/ciencia-tecnologia/tecnologia/2026-08-26/santiago-navajas-la-ia-nos-va-a-matar-a-todos-y-yo-con-estos-pelos-7451873/
Dr. Santiago Navajas.- Profesor de Filosofía. Articulista en los diarios Vozpópuli y Libertad Digital, entre otros. Es autor de Manual de Filosofía en la pequeña pantalla (2011), De Nietzsche a Mourinho. Guía filosófica para tiempos de crisis (2012), El hombre tecnológico y el síndrome Blade Runner (2016), y el más reciente: El Pensamiento en Lucha(2024) entre otros libros.
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