El fin del petróleo en el país es la sombra de un sistema que ha sustituido la libertad por la dependencia.

La oscuridad que hoy envuelve a Cuba no es resultado de un fallo técnico ni de una desafortunada situación internacional. Es la prolongada oscuridad de un sistema que pretendía organizar la vida económica desde arriba y que, al final, ya ni siquiera puede encender las luces. Según un reportaje del New York Times de hace unos días , el gobierno cubano ha admitido el agotamiento de sus reservas de petróleo : el ministro de Energía, Vicente de la O’Levy, declaró que ya no hay fueloil ni diésel, y que en La Habana los apagones duran ahora más de veinte o veintidós horas al día . Cuando regresa la luz, apenas dura una hora y media.

La explicación oficial siempre es la misma: el enemigo externo, el bloqueo, Washington, las sanciones . Estos son factores reales y relevantes, pero se convierten en una cortina de humo conveniente cuando sirven para ocultar la raíz del problema. Un país que durante décadas basó su supervivencia en la protección soviética, luego en los suministros venezolanos , y después en la ayuda mexicana o rusa , no ha construido una economía: ha construido una dependencia . Y la dependencia, cuando el benefactor cambia de rumbo o se empobrece, solo deja estantes vacíos, centrales eléctricas inactivas, transporte bloqueado y ciudadanos obligados a cocinar con carbón y leña.

Desde esta perspectiva, la historia de Cuba constituye una lección ejemplar. La revolución de 1959 se presentó como una promesa de emancipación: liberar al pueblo de la pobreza, la corrupción y la influencia extranjera. Sin embargo, la emancipación pronto fue reemplazada por la confiscación . La propiedad privada fue nacionalizada, las empresas absorbidas por el Estado, la agricultura colectivizada, el comercio reducido a una concesión política y la disidencia tratada como traición. El resultado no fue la soberanía del pueblo, sino la del aparato estatal. No nació una sociedad más libre; en cambio, surgió una economía cautiva , incapaz de atraer inversiones, generar riqueza, innovar, recompensar el mérito y corregir errores.

Todo sistema basado en el mando centralizado tiene una debilidad estructural: cree poder sustituir millones de decisiones individuales con una orden desde arriba. Sin embargo, la economía no es un cuartel . Es, esencialmente, un proceso de descubrimiento, compuesto por precios, riesgos, intentos, contratos, ahorros e inversiones. Cuando se suprimen estas señales, la realidad no desaparece: se impone. La escasez de energía no se debe únicamente a la falta de petróleo, sino a la desaparición de la condición que posibilita toda inversión: la confianza . Y la confianza no surge donde la propiedad es precaria, las empresas están vigiladas y el poder político puede dictarlo todo.

La crisis cubana evoca otras grandes catástrofes del siglo XX . La Unión Soviética contaba con misiles, un ejército, una policía política y propaganda, pero aun así fue incapaz de garantizar bienes básicos a sus ciudadanos. Alemania Oriental construyó el Muro no para impedir la entrada de los pobres al paraíso socialista, sino para evitar la huida de sus propios habitantes. Venezuela , poseedora de las mayores reservas de petróleo del mundo, demostró que incluso la abundancia natural puede ser destruida cuando el Estado asfixia los mercados, la propiedad y el dinero. Cuba pertenece a la misma genealogía: la pobreza no se debe a la falta de recursos, sino al exceso de poder.

La paradoja es cruel. Un régimen nacido de la proclamación de la independencia nacional ha dependido durante décadas de la ayuda externa. Primero Moscú, luego Caracas. Ahora, sin el salvavidas venezolano, la isla descubre que la autosuficiencia socialista era una fórmula retórica. El mismo artículo del periódico estadounidense señala que la isla caribeña produce unos 40.000 barriles diarios, pero consume unos 100.000 , y que necesitaba donaciones o suministros externos para cubrir la diferencia. Cuando el sistema depende de la llegada mensual de barcos extranjeros, no nos enfrentamos a una potencia asediada: nos enfrentamos a una economía que no es autosuficiente porque no es libre.

La verdadera víctima, por supuesto, es la población . No los líderes, ni el aparato, ni siquiera la terminología. Son los ciudadanos que duermen en las azoteas para escapar del calor, que se despiertan por la noche cuando vuelve la luz para cargar sus teléfonos, prepararse un café o cocinar la comida del día siguiente. Siempre es así: las ideologías prometen una redención colectiva, pero la factura la pagan los individuos .

El precio de las abstracciones políticas recae sobre quienes viven de su trabajo: los más desfavorecidos sufren racionamiento, largas colas, escasez y se les inculca una paciencia forzada ante el poder. Lo crucial es esto: la pobreza de la isla no es un destino caribeño, sino una decisión institucional. Ninguna sociedad puede prosperar de forma estable si considera la iniciativa privada una amenaza, el lucro un pecado, el comercio una sospecha y la propiedad una concesión revocable.

La libertad económica no es un lujo para los países ricos; es la condición para que los pobres dejen de serlo. Donde las personas pueden producir, intercambiar, ahorrar, invertir y poseer, la sociedad genera energía material y moral. Por el contrario, donde todo depende del permiso de quienes ostentan el poder, incluso el petróleo se politiza y la electricidad se convierte en un privilegio intermitente.

Cuba hoy necesita más que combustible . Necesita ley, propiedad, apertura, iniciativa empresarial, competencia, libertad de asociación, libertad de prensa, la libertad de escapar de la prisión económica construida en nombre del pueblo. Puede que llegue otro barco ruso, un nuevo acuerdo diplomático, otra exención o distribución de emergencia. Pero cada medida de ayuda será solo una vela encendida en una casa que sigue ardiendo lentamente.

La oscuridad de La Habana es el símbolo perfecto de lo que sucede cuando el Estado pretende ser empresario, propietario, planificador, juez y salvador. Al final, sigue siendo dueño de todo, pero ya no puede garantizar nada. Y así, la gran promesa revolucionaria se reduce a su imagen más sincera: un pueblo que espera el regreso de la luz.

Agradecemos al autor su amable permiso para publicar su artículo, publicado originalmente en L’Opinione delle Libertà : https://opinione.it/esteri/2026/05/20/sandro-scoppa-cuba-il-buio-del-socialismo-reale/

Sandro Scoppa: abogado, presidente de la Fundación Vincenzo Scoppa, director editorial de Liber@mente, presidente de la Confedilizia Catanzaro y Calabria.

X: @SandroScoppa

Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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