En 2021 y 2022 se realizó una encuesta representativa sobre las actitudes hacia la economía de mercado y el capitalismo en 34 países. Entre otras cosas, a los participantes se les presentaron 18 afirmaciones positivas y negativas sobre el capitalismo. El resultado muestra qué es lo que más molesta a la gente del capitalismo —y qué les molesta menos—. En 33 de los 34 países (siendo Vietnam la única excepción), la afirmación crítica de que «el capitalismo está dominado por los ricos, que fijan la agenda política» se encuentra entre las cinco más elegidas con mayor frecuencia.

Este es también el tema central del libro de John O. McGinnis, Why Democracy Needs the Rich (Encounter Books, Nueva York / Londres, 2026). A diferencia de otros ensayos, no trata principalmente de la contribución (positiva o negativa, según la perspectiva del autor) de los ricos a la economía. El tema central, como sugiere el título, es por qué los ricos son importantes para el funcionamiento de una sociedad democrática.

De manera general, la democracia suele entenderse simplemente como el gobierno de la mayoría, donde cada ciudadano tiene igual influencia. McGinnis, en cambio, subraya la diferencia entre democracia directa y representativa. «La idea de que todos pueden ejercer algo parecido a una influencia igual en nuestra democracia es fundamentalmente irreal.»

En la práctica, hay grupos que tienen mucha mayor influencia, como periodistas, intelectuales y figuras del entretenimiento. Según McGinnis, estos grupos en particular presentan visiones políticas bastante homogéneas. Los estudios han demostrado, por ejemplo, que en las universidades estadounidenses la proporción entre profesores de orientación izquierdista y conservadora es de 13 a 1. Las opiniones de izquierdas también dominan fuertemente los medios de comunicación y la industria del entretenimiento, como vemos en Hollywood. Estos grupos moldean la opinión pública y tienen mucha más influencia que el ciudadano medio.

Cuando los individuos ricos financian think tanks, esto proporciona un contrapeso, especialmente porque los ricos no son, en absoluto, tan homogéneos políticamente como los intelectuales. En Estados Unidos, sus donaciones a campañas electorales muestran que la proporción entre ricos que apoyan a demócratas y republicanos es relativamente equilibrada.

Una tesis central del libro es: «aunque todos tenemos derecho a voto, ciertos grupos —aquellos que probablemente poseen una comprensión más profunda de los asuntos— ejercen naturalmente más influencia. Los críticos que cargan contra la excesiva influencia que creen que tienen los ricos suelen aceptar la influencia adicional de la intelligentsia por sus supuestas mayores credenciales de conocimiento, pese a la ideología poco representativa y al aislamiento de ese grupo respecto al conjunto de la ciudadanía y del funcionamiento real de la política. El papel de los ricos proporciona así un contrapeso crucial, especialmente en una república comercial donde el florecimiento del mercado no solo impulsa la prosperidad, sino que también fortalece la democracia».

Cuando periodistas e intelectuales polemizan contra la supuesta influencia excesiva de los ricos, su objetivo principal es preservar su propio dominio en la formación de la opinión pública. Uno de los problemas, según McGinnis, es que los intelectuales suelen estar «muy alejados de las realidades económicas» y «poseen escasa experiencia en cuestiones empresariales».

Las sociedades democráticas tienden al conformismo, y este es especialmente acusado entre académicos y burócratas. Los académicos dependen en gran medida de la opinión de sus pares para su estatus. «Las presiones hacia el conformismo dentro del mundo académico se han intensificado con los años y la homogeneidad ideológica ha aumentado». Entre los ricos hay más inconformistas (más personas dispuestas a ir contracorriente y defender ideas poco ortodoxas), puesto que su independencia económica permite en ocasiones una mayor independencia intelectual. A esto yo añadiría que sería deseable que los ricos hicieran un uso más activo de dicha autonomía…

La democracia también tiene sus debilidades, y la influencia de los ricos puede a veces ayudar a mitigarlas: «en primer lugar, los ricos, gracias a su independencia económica, están mejor posicionados para resistir la tendencia de la democracia hacia el conformismo. En segundo lugar, muchos ricos apoyan la excelencia, especialmente en las artes, frenando la deriva de la democracia hacia la mediocridad. Como dependen menos del Estado, tienen tanto los medios como el interés para cuestionar la expansión del poder público, contrarrestando la tendencia de la democracia a crear un gobierno paternalista y fiscalmente insostenible. Su influencia, en suma, actúa como un límite a los excesos naturales del gobierno mayoritario».

Montesquieu sostenía que la libertad política se preserva mejor cuando el poder se divide en tres ramas: legislativa, ejecutiva y judicial. Cada una debe operar de forma independiente y poder controlar a las demás, evitando que una sola autoridad se vuelva tiránica. Pero hoy, junto a estos tres poderes, los medios de comunicación desempeñan un papel decisivo. McGinnis ve positivamente que, por ejemplo, Elon Musk cree un contrapeso a los medios tradicionales con su plataforma X y dé voz a personas que de otro modo no la tendrían.

Mi propia conclusión del libro (que no es necesariamente la del autor, aunque ambos compartimos muchos postulados) es que los ricos deberían tener más, no menos, influencia en las sociedades democráticas. Si acaso se les critica, debería ser más bien por ser demasiado conformistas, cuando no necesariamente tienen que serlo, y por retirarse en exceso del debate político, en vez de involucrarse en él.

Durante mucho tiempo, este fue el caso. La actitud entre los ricos en Estados Unidos era la de seguir posiciones izquierdistas para quedar bien ante la opinión pública… o guardar silencios. Personas como Elon Musk o Peter Thiel son excepciones, pero la mayoría de los ricos que no son de izquierdas han guardado silencio con demasiada frecuencia.

Si se puede reprochar algo a los ricos en los países occidentales, no es su excesiva implicación en la política, sino que no participan lo suficiente. En cualquier caso, esto es cierto para aquellos ricos que además son defensores del capitalismo. Mientras que las voces de críticos del capitalismo, como George Soros o Tom Steyer, que abogan con vehemencia por mayores impuestos a los ricos, se escuchan con claridad, los partidarios del capitalismo rara vez intervienen públicamente.

Los politólogos estadounidenses Benjamin I. Page y Martin Gilens hablan en su libro Democracy in America del «silencio público de la mayoría de los multimillonarios«. David Koch, que apoyaba financieramente ideas libertarias, hizo solamente un comentario público sobre política fiscal durante un periodo de diez años. Su hermano, Charles Koch, no hizo ninguno.

«El silencio de la mayoría de los multimillonarios en la esfera pública», señalan Page y Gilens, «contrasta marcadamente con la disposición de un pequeño y singular grupo de multimillonarios, incluidos Michael Bloomberg, Warren Buffett o Bill Gates, a pronunciarse sobre políticas públicas concretas (…). Los tres han defendido una amplia red de gasto social, unos impuestos progresivos y ciertas fórmulas de regulación de la economía. Un estadounidense medio que pretenda juzgar lo que piensan y hacen los multimillonarios sobre política obtendría una impresión profundamente errónea escuchando solamente a Bloomberg, Buffett o Gates». Este comentario es de 2020 y, desde entonces, afortunadamente, la situación ha cambiado a mejor en Estados Unidos, aunque no lo suficiente.

Recuerdo un evento organizado por Students for Liberty en Miami en octubre de 2022, en el que participó el exitoso empresario y fundador de Whole Foods, John Mackey, quien provocó una reacción negativa cuando publicó un artículo contra Obamacare en el Wall Street Journal allá por agosto de 2009. Varios grupos de izquierda llamaron al boicot de sus tiendas. El director ejecutivo de Students for Liberty, Wolf von Laer, expresó públicamente su respeto por el valor del empresario al adoptar posiciones políticas, pero el propio Mackey afirmó que, tras esa experiencia, no volvió a escribir un artículo así, porque el daño a su negocio fue demasiado grande. Es lamentable que pasen cosas así.

Durante mucho tiempo, esa fue la norma en Estados Unidos —y todavía lo es en la mayoría de los países democráticos—. Las declaraciones políticas de los empresarios solamente se toleran si se presentan como críticas al capitalismo o alineadas con lo woke. De lo contrario, se arriesgan a reacciones adversas y campañas de boicot, como ocurrió con Whole Foods.

Si esto está cambiando algo en Estados Unidos, es sin duda algo positivo, no negativo. Como muestra el libro de McGinnis, los ricos tienen un gran potencial para enriquecer las sociedades democráticas. A mi juicio, deberían hacer uso de él con mucha mayor frecuencia y confianza.

Este es un libro notable al que cabe desear una amplia difusión.

Publicado originalmente en Libertad Digital: https://www.libertaddigital.com/libremercado/2026-05-05/rainer-zitelmann-por-que-la-democracia-necesita-a-los-ricos-1b-7398608/

Rainer Zitelmann.- historiador, sociólogo, autor y consultor alemán, Doctor en Historia y en Sociología. Es autor del libro New Space Capitalism (2026) y la novela 2075: cuando la belleza se convirtió en delito (2025), entre otros libros.

Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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