Turquía ha sufrido varios cambios constitucionales y políticos que han reforzado el autoritarismo de Recep Tayyip Erdoğan, cuya práctica de gobierno es considerada un régimen híbrido o autoritario competitivo. Aunque celebra elecciones competitivas, informes internacionales señalan una deriva autoritaria, con restricciones a la libertad de prensa, derechos humanos y debilitamiento de la separación de poderes bajo el actual gobierno de Erdoğan.
El sistema autoritario propuesto por Erdoğan es aliado a regímenes como el chavismo en Venezuela, la Rusia de Putin, China, Irán y otras naciones en donde no existe las libertades plenas para hacer política o exigir que no se vulneren los derechos ciudadanos; éstos son los alineamientos que colocan a Turquía como un sistema autoritario convertido en una batalla por mantenerse en el poder y darles aún más apoyo a los dictadores a nivel mundial.
Sólo unos pocos años después de su asunción, Erdoğan ya era mencionado por los medios, junto con Vladímir Putin y Xi Jinping, como el tercer jinete del apocalipsis autocrático o un nuevo sultán. Sumando a esta lista a Donald Trump, los observadores europeos llamaban la atención sobre estos nuevos amos del mundo que solo creían en las relaciones de fuerza. Confirmando parte de lo previsto sobre el lugar cada vez más importante que Turquía jugaría en la escena de Oriente Medio, no mediante la utilización sino ejerciendo esta vez la fuerza más brutal y una diplomacia de chantaje, por lo que Erdoğan es señalado como el ejemplo mismo de esos hombres fuertes que forman parte del club de los rudos. Dentro de tanto líder autoritario podemos mencionar que Erdoğan hace parte de una lista muy heteróclita, y también discutible, donde este modelo gubernamental autoritario se manifiesta con la implementación en forma intermitente de un régimen hiper centralizado en manos de una sola persona.
Aprovechando momentos de turbulencias, como el intento de golpe de Estado de julio de 2016 organizado en su mayoría por miembros civiles y militares de la cofradía de Fethullah Gülen y rápidamente neutralizado, Erdoğan llevó adelante una centralización exacerbada del sistema político acompañada por una desinstitucionalización, así como por una desconstitucionalización. La deriva autoritaria del gobierno Erdoğan se extendió de manera progresiva a un largo periodo y se vio facilitada por el sistema político heredado, un sistema híbrido que combina instituciones democráticas con reglas y prácticas autoritarias modeladas, entre otras cosas, por golpes de Estado militares.
Luego de haber dirigido el país como primer ministro durante 11 años, con una cómoda mayoría parlamentaria, Erdoğan fue elegido presidente en primera vuelta en el verano de 2014. Luego de su elección, declaró que, como consecuencia de ella, en los hechos, el régimen se volvió presidencial». Tres años después, gracias a las reformas constitucionales, se instaló un régimen hiperpresidencialista, aunque legitimado por un apoyo popular muy frágil durante el referéndum de 2017. Administrando el país con una estrategia de crisis y tensión permanentes, Erdoğan convirtió a su partido en una máquina de guerra personal y alejó a quienes se mostraban reticentes a esta deriva autocrática.
Este nuevo régimen puede denominarse erdoganismo y una de sus principales características es el imperio de la arbitrariedad y la imprevisibilidad tanto en el terreno económico como en el político. Se trata de un régimen que modifica, a través de decretos presidenciales, las reglas de juego, las leyes, los reglamentos, según las necesidades del poder. Su carácter arbitrario se manifiesta también en la justicia. La destitución masiva de funcionarios por simple decisión administrativa, sin motivo oficial ni posibilidad de apelación, el encarcelamiento de parlamentarios elegidos por el voto, de abogados, periodistas, académicos, sindicalistas o simples ciudadanos que osaron expresar con vehemencia una opinión negativa contra el jefe de Estado y su entorno, son las manifestaciones más visibles del abuso de la represión por parte de la justicia y, de manera más general, de la desaparición de la seguridad jurídica.
El autoritarismo electoral como sistema electoral, el neopatrimonialismo como sistema económico, el populismo como estrategia política y el islamismo como ideología. El nacionalismo sirve de argamasa para unir estos cuatro sistemas entre sí y controlar a una parte importante de la oposición a Erdoğan en especial respecto del tratamiento estrictamente securitario de la cuestión kurda y, en general, en el manejo de una política exterior agresiva y estridente. El erdoganismo, al mezclar el islamismo con el nacionalismo, hunde sus raíces en las corrientes de pensamiento antioccidentales que se oponen a las reformas kemalistas desde su implementación en la década de 1920.
En general, Erdoğan se esfuerza también por compensar el déficit de hegemonía cultural que sufre el campo conservador a pesar de los 18 años transcurridos en el poder. Lo logra gracias a una política de reislamización del espacio público, la autorización de llevar el velo para todas las funcionarias sin excepción, la introducción de varios cursos, teóricamente opcionales, sobre el islam en los programas escolares, la eliminación del evolucionismo en la enseñanza, el desarrollo de las escuelas de imanes y predicadores y las facultades de Teología, y la promoción de sus diplomas en la función pública. Un ejemplo entre tantos otros: 18 teólogos o islamólogos dirigen en la actualidad universidades públicas. La ampliación del campo de intervención de la Dirección de Asuntos Religiosos es la pieza fundamental de esta política de dominación cultural.
La represión cada vez más masiva, la criminalización de la oposición, el amordazamiento de los medios de comunicación, la reislamización del espacio público y la exaltación nacionalista combinada con la nostalgia imperial no bastan para perdurar en el poder cuando la sanción final a través de las urnas sigue siendo ineludible con resultados no del todo controlables, a pesar de las condiciones muy desiguales de la competencia electoral. Una redistribución de los recursos basada en principios clientelares, tanto en relación con el mundo empresarial como con el de las clases populares, permite reducir considerablemente el umbral de exigencia democrática de una amplia porción del electorado. Esto ha hecho que se conozca como una frase en apoyo al auto líder para derrotar a los enemigos del pueblo turco o mejor para que avance ese modelo populista al estilo de Chávez en Venezuela. para él y su sistema, los enemigos de la nación son todos aquellos que se han opuesto al modelo criminal de Erdoğan y el oficialismo, en contra de las elites para y repartirse al país con favores burocráticos y ganar popularidad.
Desde la proclamación de la República en 1923, Turquía vivió una larga secuencia de autoritarismo modernista-elitista con algunos periodos de avances hacia la democracia, rápidamente interrumpidos por la violencia (masacres, pogromos, golpes de Estado, represiones masivas). Tras una última etapa de normalización democrática que duró algunos años durante la década de 2000, Turquía vive una nueva secuencia de autoritarismo que se manifiesta bajo la forma de un populismo islamo-nacionalista. Este obtiene su energía de una sed de venganza contra los impulsores históricos del proyecto de occidentalización y de un resentimiento hacia el Occidente que le cerró la puerta en la cara tras habérsela abierto ligeramente.
La Turquía de Erdoğan da hoy la sensación de navegar sin brújula, a merced de las relaciones de fuerza, sin un verdadero puerto de amarre en el horizonte. Con un capitalismo debilitado, una arrogancia con rasgos neoimperiales, una relación muy turbulenta con sus aliados occidentales, relaciones frágiles de aliados-rivales con Rusia, una militarización del Estado securitario, e incluso los efectos recesivos de la pandemia, así como una degradación brutal de la mayoría de los indicadores económicos, el erdoganismo teme cada vez más el futuro y se endurece.
Por el momento, esta perspectiva parece muy difícil de concretarse, a menos que, utilizando todos los recursos posibles para mantenerse en el poder, el erdoganismo sumerja a Turquía en una aventura catastrófica hasta instaurar una dictadura desprovista de toda forma de contrapeso dispuesta a ganar las elecciones a cualquier precio. Hoy Turquía se dirige hacia un modelo socialista solo para destruir la poca libertad y democracia que cuenta la ciudadanía opuesta a este modelo de Erdoğan, más que un modelo fracasado que solo atrasa el progreso y desarrollo en este país con raíces en el continente asiático, bajo un modelo gubernamental europeo-latinoamericano. Quedan muchas cosas por ver hacia el futuro y si es posible recuperar lo que Erdoğan le ha robado a Turquía.
Dorieth Alfaggeethd Aponte Piñeros: Activista político defensor de la democracia y la libertad; conduce el Space semanal en X de la Alianza Libertaria de Iberoamérica.
Twitter: @Doriethaponte
