En el Palacio Libertad, el presidente argentino ataca la Teoría General : no solo una polémica, sino un desafío radical a la idea misma de una economía vertical.

No se trató de una intervención académica ni de una simple provocación política. La reciente conferencia de Javier Milei en el Palacio Libertad representó algo más: una reapertura frontal de un debate que en gran parte de Occidente se consideraba cerrado desde hacía décadas. En esencia, se trataba de una crítica a la Teoría General de John Maynard Keynes , presentada no como una mera construcción teórica cuestionable, sino como el fundamento cultural de la expansión del poder público en la economía.

Los reportajes de los principales medios de comunicación argentinos —desde Ámbito Financiero hasta A24 y Radio Mitre— ofrecen una respuesta contundente pero claramente estructurada: una crítica sistemática a la idea de que el Estado pueda sustituir los procesos de coordinación espontánea que surgen de las decisiones individuales. No se trata solo de cuestionar ciertas políticas económicas, sino de poner en tela de juicio la premisa misma que justifica la intervención.

En definitiva, la cuestión es tan simple como a menudo se pasa por alto. El marco keynesiano atribuye a las autoridades públicas la capacidad de influir en variables cruciales como el consumo, el ahorro y la inversión. Pero esta afirmación se basa en una suposición implícita: que existe un conocimiento centralizado, accesible a unos pocos responsables de la toma de decisiones, capaz de reemplazar el conocimiento compartido por millones de individuos. Aquí es donde la crítica se vuelve más radical. No se trata solo de errores de cálculo o ineficiencias operativas, sino de una limitación estructural: ninguna institución puede recopilar, sintetizar y utilizar en tiempo real la información dispersa por toda la sociedad.

Cuando aceptamos la idea de que la demanda debe ser «estimulada», la inversión debe ser «orientada» y el ahorro debe ser «ajustado», se produce un cambio decisivo: un proceso dinámico de ensayo y error y ajuste continuo se reemplaza por una única decisión que pretende anticipar el futuro. Es precisamente este cambio el que allana el camino para la expansión del gasto público, la manipulación de los tipos de interés y el uso sistemático del déficit como instrumento habitual de gobernanza.

La conferencia de Buenos Aires tuvo el mérito —poco común en el panorama actual— de reconducir el debate a este fundamento esencial: no la contingencia de las políticas, sino su legitimidad teórica. Si la economía se considera un mecanismo que puede regularse desde arriba, entonces cualquier intervención parece justificable. Si, por el contrario, se considera un proceso de coordinación entre individuos que actúan sobre la base de información parcial y cambiante, entonces cualquier intento de sustitución se vuelve problemático.

Desde esta perspectiva, incluso las declaraciones más controvertidas del evento cobran sentido. Calificar a Keynes de autor que «causó mucho daño», como informó Radio Mitre, no es una simple provocación. Es la síntesis de una crítica que vincula directamente una teoría económica con un conjunto de prácticas políticas: el aumento del gasto, la subida de impuestos y la inestabilidad monetaria. Una cadena causal que, según este enfoque, no es accidental, sino intrínseca.

Sin embargo, el hallazgo más interesante no se refiere a Argentina, sino a Europa —y a Italia en particular— donde el keynesianismo ya no es objeto de debate, sino una especie de supuesto implícito. Las políticas fiscales, las intervenciones de mercado y las medidas de emergencia que se han vuelto permanentes se basan en una idea que rara vez se cuestiona: que lo que surge desde abajo puede corregirse desde arriba.

Sin embargo, la experiencia concreta de los últimos años demuestra las limitaciones de este enfoque. Las intervenciones diseñadas para estabilizar suelen generar nuevas inestabilidades. Las medidas concebidas para impulsar la demanda terminan alterando las señales de precios. Las políticas que comenzaron como medidas excepcionales se vuelven estructurales, sin resolver los problemas originales. Esto no es un fracaso aislado; es la consecuencia lógica de un marco que atribuye a los responsables de la toma de decisiones públicas una capacidad que no poseen.

La conferencia del líder liberal argentino en el Palacio Libertad no cierra el debate, por supuesto. Pero lo reabre donde debe estar: sobre la relación entre conocimiento y decisión, entre orden espontáneo y construcción artificial, entre libertad de elección y dirección centralizada. Es un debate que atañe a la forma misma en que concebimos el funcionamiento de la sociedad, no solo de la economía.

Ignorarlo implica aceptar, sin cuestionarlo, la idea de que alguien puede saberlo todo. Reconsiderarlo significa reconocer que el problema no reside en encontrar la «intervención adecuada», sino en comprender las limitaciones de cada intervención. Y es precisamente a partir de esta comprensión que podemos devolver espacio a esos procesos de cooperación voluntaria que, silenciosamente, hacen posible la vida económica cotidiana.

Sandro Scoppa: abogado, presidente de la Fundación Vincenzo Scoppa, director editorial de Liber@mente, presidente de la Confedilizia Catanzaro y Calabria.

X: @SandroScoppa



Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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