Naturalmente, después de otorgar el Nobel de la Paz a alguien que realmente lo merecía, María Corina Machado, era casi inevitable que el comité noruego que los otorga limpiase semejante pecado de lesa progresía dando el de este año al peor candidato imaginable. Y no han decepcionado. A primera vista, Navi Pillay no parece más que otra funcionaria más del tinglado internacional de derechos humanos, una de entre centenares de personajes similares que van de conferencia en conferencia y de comité en comité señalando con el dedo a Israel y Estados Unidos y exculpando dictadores y tiranías. De ahí que las razones con las que justifican el premio sean generalidades como su «compromiso con los principios legales universales» y su «firme brújula moral».
Sin embargo, algo debe diferenciar a Pillay de todos los demás clones a sueldo libre de impuestos y alma emponzoñada para ser ella la receptora del premio y para que además lo reciba ahora. Fue nombrada alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos en 2008 y se encargó de organizar la segunda conferencia de Durban contra el Racismo. Fue un aquelarre espeluznante, con Mahmud Ahmadineyad dando un discurso inaugural tan pasado de rosca contra Israel que hasta los diplomáticos de la España de Zapatero salieron por patas. Pero si fueran a darle el premio por eso, lo suyo habría sido hacerlo a los organizadores de la conferencia anterior, donde se vendieron ejemplares de Los Protocolos de los Sabios de Sion y los manifestantes en las calles se lamentaron de que Hitler no hubiera terminado el trabajo. Mejor el original que la fotocopia.
Quizá haya sido entonces su sumisión a la tiránica dictadura comunista china. Cuando los noruegos le dieron el Nobel al disidente Liu Xiaobo en 2010, cuando aún era la reina de los derechos humanos, decidió no acudir a la ceremonia. Es más, según una de sus subordinadas, Pillay le dio una lista de cincuenta disidentes a la dictadura que incluía a uigures cuyas familias testificaron después cómo el régimen los detuvo, los torturó y, en algunos casos, los asesinó en campos de concentración. Pero si quisieran premiar ese comportamiento, seguro que tienen ejemplos más recientes. Ya puestos, se lo podrían dar a Xi directamente y no andarse con tonterías.
Igual ha sido por su reacción a la publicación de las caricaturas de Mahoma exigiendo que se censuraran. La entonces ministra de Exteriores de Dinamarca ha declarado quedarse en shock al enterarse de la concesión del galardón. Cuando su país se enfrentaba a consecuencias como coches bomba en sus embajadas y fue a pedirle respaldo, Pillay le dio la espalda y le dijo que para que aquello no pasara debían prohibir que se publicasen caricaturas como esas. Pero si la sumisión al islamismo bastara para recibir un Nobel, no habría dinero en el mundo que dar a tantos galardonados. Así que tampoco ha sido por eso, por mucho que explique en qué consiste exactamente su «firme brújula moral» y su «compromiso con los principios legales universales».
No, lo más probable es que el premio se lo hayan concedido por su última aportación a la Causa. Porque Pillay fue la responsable del informe de la ONU que acusó a Israel de cometer un genocidio en Gaza. Un informe en el que no se menciona a Hamás como fuerza enemiga de Israel, lo cual convierte cualquier acción militar en una masacre sin más objetivo que el de matar. ¿O acaso el desembarco de Normandía no sería una matanza vil y despiadada si no fuera por el pequeño detalle de la existencia y oposición armada del ejército nazi? Un informe que ignora el 7 de octubre, no menciona a los rehenes, calla sobre la infraestructura militar de Hamás y su laberinto de túneles escondido bajo edificios civiles ni hace ningún esfuerzo en probar que Israel tenga la intención específica de acabar con los gazatíes, que es lo primero que debe probarse en una acusación de genocidio. Ciertamente, el comité del Nobel no nombra el informe. Pero es su trabajo más reciente y lo único que permite distinguir a Pillay de otros cientos de burócratas sin cara dedicados en cuerpo y alma a destruir Occidente bajo la excusa de unos derechos humanos que jamás exigen a ninguna de las dictaduras más criminales del mundo.
Hay quien considera que este Nobel es comparable al de Yasir Arafat. Es peor. Cuando se lo concedieron a Arafat, tras los acuerdos de Oslo, aún cabía la esperanza —ingenua, pero no completamente irracional— de que hubiera dejado atrás el terrorismo y aceptado la existencia de Israel. Con Pillay no hay margen para el autoengaño. No se le ha dado el Premio Nobel a pesar de toda una carrera diplomática dedicada a fomentar, entre otras cosas, el odio antisemita contra Israel. Se le ha dado precisamente por eso. El Comité del Nobel ha decidido que, en 2026, la forma más segura de ganar un premio a la paz es acusar a los judíos de genocidio.
Publicado originalmente en Libertad Digital: https://www.libertaddigital.com/internacional/oriente-medio/2026-10-16/daniel-rodriguez-herrera-un-premio-nobel-al-libelo-del-genocidio-7476904/
Daniel Rodríguez Herrera.- Licenciado en Informática por la Universidad Politécnica de Madrid y periodista. Fue cofundador del sitio web Programación en castellano, pionero en España de la enseñanza en internet de lenguajes informáticos, y creador de Liberalismo.org y Red Liberal. Actualmente es subdirector del diario Libertad Digital y vicepresidente del Instituto Juan de Mariana.
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