Cuando un país debate si cerrar su banco central , no se trata solo de una cuestión técnica contable, sino de una cuestión de civilización. En Argentina, donde la abolición del banco central —aunque actualmente es objeto de un acalorado debate— aún no se ha concretado, el experimento político y económico de Javier Milei ha reavivado el debate mundial sobre el poder de quienes emiten dinero y el derecho de cada persona a elegir en qué moneda creer.
Este es el contexto del enfrentamiento entre dos economistas de la Escuela Austríaca, Philipp Bagus y Jörg Guido Hülsmann , del que informa el Instituto Mises (el Instituto Ludwig von Mises de Economía Austríaca ), fundado en 1982 en Auburn, Alabama, por Lew Rockwell con el apoyo de Murray N. Rothbard , Ron Paul y la señora Margit von Mises , viuda del gran economista. Fue ella, de hecho, quien impulsó la creación del instituto y asumió su presidencia honoraria, para que el legado intelectual de su esposo pudiera seguir inspirando a nuevas generaciones de académicos y defensores de la economía de mercado.
Una cuestión de principios
El debate entre estos dos académicos liberales reviste especial importancia porque aborda la cuestión esencial de la relación entre el Estado y la libertad económica: ¿quién debe emitir y controlar el dinero, el poder político o el libre mercado? No se trata simplemente de una disputa académica, sino de una elección de principios que afecta la forma misma de la convivencia civil . Si el dinero está controlado por el poder político, se convierte en un instrumento de coerción y expolio; si se deja en manos del mercado, vuelve a ser una medida de confianza y cooperación.
La promesa de Milei
La idea de abolir el Banco Central de Argentina, por otro lado, no es nueva. El propio Milei la anunció durante su campaña electoral como «el acto fundacional de la nueva Argentina», un símbolo de liberación tras décadas de inflación, devaluaciones y deuda. Tras un año en el cargo, esa promesa aún no se ha cumplido y la entidad estatal sigue emitiendo y operando, mientras el debate se encuentra en pleno apogeo.
El presidente ha impuesto un presupuesto equilibrado, prohibido la financiación monetaria del Estado y reducido drásticamente el gasto público. Para muchos partidarios de la reforma, el siguiente paso parece inevitable: el cierre de la institución que, a lo largo de la historia del país, ha permitido la expansión artificial del crédito y el saqueo silencioso de los ahorradores.
La confianza lo es todo.
En el debate sobre el cierre del Banco Central de Argentina, el desacuerdo entre los dos economistas no se refiere al objetivo final —que ambos consideran deseable—, sino a la valoración de las consecuencias prácticas que habría tenido una supresión inmediata del instituto en diciembre de 2023. Philipp Bagus, en su intervención publicada por el Mises Institute, señala que un cierre instantáneo, en ese contexto específico, podría haber desencadenado reacciones muy rápidas y difíciles de manejar, acentuando la
inestabilidad ya existente y haciendo más compleja la transición. Jörg Guido Hülsmann, por el contrario, en su réplica, pone en duda esta previsión y sostiene que los temores relacionados con un cierre inmediato suelen estar sobreestimados. Desde su punto de vista, confiar en esos miedos corre el riesgo de atribuir al banco central un papel “estabilizador” que él considera poco fundamentado.
El contraste, por lo tanto, no tiene que ver con el juicio sobre los bancos centrales como
instituciones —en esto, ambos están mucho más cerca de lo que parece—, sino con la lectura del caso argentino concreto y de los tiempos más adecuados para un cambio de tal magnitud.
A esta divergencia se suma otro intercambio, en el que Bagus subraya que las crisis cambiarias no dependen de una escasez general de dinero, sino de la pérdida de confianza en quien lo emite, lo que empuja a individuos y empresas a refugiarse en otras divisas o bienes reales. Hülsmann, por su parte, señala el problema opuesto: la confianza —una vez erosionada— no puede reconstruirse por decreto, sino que requiere un proceso de transición que evite choques adicionales en el sistema. De ahí el núcleo de su desacuerdo: para uno, la prioridad es evitar un mayor deterioro en la demanda de dinero; para el otro, la coherencia del cambio es la condición necesaria para restablecer la credibilidad.
En esta contraposición no se refleja tanto una distancia teórica de fondo —ambos comparten una crítica radical a la gestión política de la moneda— como una lectura distinta del caso argentino específico. Para Bagus, en diciembre de 2023 un cierre inmediato del banco central podría haber amplificado inestabilidades ya presentes; para Hülsmann, en cambio, esos temores están sobreestimados y corren el riesgo de atribuir al instituto un papel estabilizador que no le corresponde. La divergencia concierne, por lo tanto, a los tiempos y los efectos de la transición, no al juicio sobre los bancos centrales como tales.
El valor de la moneda
El debate, por lo tanto, no se limita al país sudamericano: involucra la idea misma de soberanía monetaria. ¿Quién decide el valor del dinero? Para el profesor de la universidad francesa, el Estado puede acompañar el proceso de transición; para el investigador de la Universidad de Madrid, en cambio, debe hacerse a un lado. Es la sociedad, no el poder, la que genera el dinero. El dinero libre surge del intercambio voluntario, no del privilegio político.
Cuestión moral
Por eso, el debate argentino adquiere relevancia universal. Cuando el Estado controla el dinero, controla también la medida del valor y del tiempo, imponiendo un impuesto oculto mediante la inflación . La institución emisora no es un mero organismo técnico, sino la manifestación de un poder que se perpetúa a sí mismo. Abolirlo no significa destruir el dinero, sino devolverlo a su fundamento natural: la confianza mutua entre individuos libres.
En definitiva, los dos economistas «austriacos» coinciden en un punto esencial: la cuestión monetaria es inseparable de la moral . La inflación no es simplemente un fenómeno económico, sino una forma de expolio que perjudica a quienes ahorran y beneficia a quienes viven endeudados. Exigir el cierre de la entidad emisora central implica denunciar esta injusticia y devolver a los ciudadanos el poder de decidir el valor de su propia moneda.
Argentina, un laboratorio de libertad
Argentina, tras décadas de crisis y falsas promesas, es hoy un laboratorio de libertad. Si logra transformar el debate en realidad, demostrará que la confianza no nace de comités, sino de intercambios voluntarios; que la riqueza no se crea imprimiendo papel moneda, sino respetando la propiedad y el mérito . Esta es una lección aplicable a todos los países donde el poder monetario sigue siendo un instrumento de dominación: porque solo cuando el dinero regrese al pueblo la libertad podrá volver a ser una promesa creíble.
Agradecemos al autor su amable permiso para reproducir su artículo, publicado originalmente en Nicolaporro.it: https://www.nicolaporro.it/atlanticoquotidiano/quotidiano/aq-economia/moneta-e-liberta-perche-le-banche-centrali-si-possono-abolire/
Sandro Scoppa: abogado, presidente de la Fundación Vincenzo Scoppa, director editorial de Liber@mente, presidente de la Confedilizia Catanzaro y Calabria.
X: @SandroScoppa
