En discusiones recientes, volvió a circular una distinción atribuida a José Guilherme Merquior: el liberalismo sería antiestatista, no «estadófobo». La idea es sugerir que el liberal, aunque desconfiado del poder estatal, no rechaza al estado como tal, solo rechaza sus excesos. Esta formulación es elegante, pero se desliza en el punto esencial: el problema del estado no comienza en la eficiencia de la coordinación económica; comienza en la naturaleza de la propia institución.

El estado no es solo un «arregalo alternativo de gestión de recursos». Es, por definición, un aparato de coerción que reclama para sí mismo prerrogativas que ningún individuo aislado posee legítimamente: gravar, prohibir, obligar, castigar y ampliar estas facultades a través del monopolio legal de la fuerza. Por lo tanto, tratar la cuestión como si fuera una simple elección técnica pierde el núcleo normativo del liberalismo: la centralidad moral del individuo y su esfera de autodeterminación.

Por supuesto, la crítica económica importa mucho. Las intervenciones distorsionan los precios, desorganizan el cálculo, corrompen el proceso de coordinación y tienden a producir efectos no deseados. Pero el argumento liberal no puede ser rehén del utilitarismo institucional (“el estado es un mal gestor”). Incluso un estado hipotéticamente competente seguiría chocando con el principio liberal más básico: nadie tiene derecho a instrumentalizar al otro para fines colectivos. Si los derechos individuales son reales, no pueden depender de un «arregamiento social» que los suspenda selectivamente cuando la política establece una prioridad.

Aquí es donde muchos «liberales» brasileños se confunden y, a veces, se acomodan. Se defiende la libertad de expresión, pero se relativiza la propiedad; se invoca la dignidad, pero se naturaliza la coerción económica; se reclama contra el intervencionismo, pero se preservan sus pilares cuando son políticamente convenientes. El resultado es un liberalismo fragmentado: se protege una parte del individuo, mientras se entrega otra a la arbitrariedad reguladora.

Sin embargo, la libertad económica no es un apéndice del liberalismo. Es su mecanismo institucional básico: la propiedad privada y la libre iniciativa son las condiciones para que los individuos coordinen planes, asuman riesgos, innoven y, con el tiempo, creen mejores formas de cooperación social.

Merquior, en su trayectoria, se acerca a un liberalismo social que admite un papel estatal ampliado en nombre de la “libertad de oportunidades” y de los objetivos de justicia social. El problema es que, una vez que se concede la lógica de que el estado puede “producir” libertad positiva por diseño político, se abre una avenida para la expansión indefinida del poder: la frontera deja de ser un principio y pasa a ser una disputa permanente por excepciones.

Por lo tanto, el liberalismo que toma en serio su propio fundamento tiende a una conclusión incómoda, pero coherente: no es solo antiestatista; es, en gran medida, antiestado, al menos en el sentido de rechazar la expansión estatal como principio legítimo de organización social. Es en esta dirección que el libertarismo se presenta no como “secta”, sino como un desdoblamiento lógico de un liberalismo moralmente exigente. La propia tradición austriaca refuerza este rasgo al insistir en que la cooperación social y el progreso dependen de las instituciones de propiedad, los contratos y el emprendimiento, y que el intervencionismo no solo falla: reconfigura la sociedad en torno a la disputa política.

En este contexto, no es sorprendente que la figura de Ludwig von Mises sea recordada como el “último caballero del liberalismo”, expresión popularizada por Jörg Guido Hülsmann, incluso como emblema de intransigencia contra concesiones al intervencionismo y asociada a la obra y al legado biográfico que lleva ese título. La lección, para el debate brasileño, es directa: o el liberalismo asume su base de principio (la inviolabilidad del individuo) o se convierte simplemente en una estética – un «antiestatismo» ocasional que convive bien con la máquina cuando sirve a los fines correctos.

Publicado originalmente por el Instituto Mises Brasil: https://mises.org.br/artigos/17419/sim-o-liberalismo-coerente-e-avesso-ao-estado/

Artur Ceolin.- Doctorante en Economía en la Universidad Rey Juan Carlos, en Madrid. Emprendedor y asociado al Instituto Mises Brasil.

X: @artceolin






Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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