Aquel sastre tardó diez días en acabar el traje y el cliente protestó: «¡Diez días! En bastante menos creó Dios el mundo». El sastre se encogió de hombros: «Desde luego, pero mire cómo le salió el mundo y lo perfecto que es este traje». Con tanta precipitación divina, a la Creación se le notan demasiado las costuras. «Valde bonum», dijo el Hacedor al ver su obra, pero en esa aprobación autosatisfecha hay bastante de arrogancia. ¿No es este el primero de todos los abusos, vernos obligados a celebrar y agradecer un tinglado bastante chapucero cuyas deficiencias tenemos que padecer los usuarios, mientras el Patrón sonríe satisfecho y se pavonea de lo bien que le ha salido el engendro? Si al propio Dios, que es un santo el pobre, se le pueden hacer justificados reproches por los fallos del Universo… ¡Cómo no va a haber cometido abusos España al patentar México, Colombia, Venezuela y demás repúblicas más o menos bolivarianas! Tanto si retrocedemos hasta el siglo XVI como si nos vamos al instante originario del fiat lux, encontrar abusos es inevitable: la voluntad de actuar, de transformar, de conseguir, avanza siempre de forma arrolladora y hasta en el mejor de los casos se lleva siempre lo inocente por delante. Muchos siglos antes de que Hernán Cortés y sus dioses extremeños pisaran Tenochtitlan, nuestro planeta (y no hablo de los demás porque no los conozco, seguro que los hay peores) ya conocía una galería de abusos y tropelías de todos los tamaños, colores y formas. Sin ir más lejos, no sé en qué estarán pensando nuestros animalistas, siempre tan protestones, manteniendo un silencio entre culpable y sospechoso ante las barbaridades que nuestros primos neandertales infligieron a los osos de la caverna, criaturas algo toscas si se quiere, pero respetuosas con el medio ambiente (no pintarrajeaban las cuevas, como otros que yo me sé) y de apetitos modestos, comparados con las tribus de recién llegados que inquiokuparon sus refugios tradicionales. Y de ahí en adelante, de Ramsés II y Gengis Kan hasta Steve Jobs o Trump, incluyendo a Moctezuma y toda su familia, los abusos no han parado más que en breves ocasiones, para tomar carrerilla. La historia de la humanidad es el largo cuento de sus abusos y tropelías. Nadie puede acusar a los demás de lo que todas las castas, razas y familias hemos cometido con auténtico entusiasmo. ¿El Homo habilis? Ya, ya: lo de «habilis» quiere decir precisamente «abusador».
De modo que pedir perdón los españoles de hoy a los mexicanos de hoy por abusos supuestamente cometidos hace siglos por otros españoles a otros mexicanos (que todavía no sabían que lo eran) es como pedir perdón por proyectar sombra cuando uno se pone al sol. No vamos a negar esos abusos, claro que no: lo que hay que negar es la posibilidad de que, llegado el caso, no se hubieran cometido. Actuar audaz y creadoramente comporta abusar, tanto como caminar consiste en pisar desconsideradamente el suelo que nada nos ha hecho. Y pedir perdón por tal cosa es peor que un abuso: es una ridiculez. Por intereses torticeros se le impuso al Rey esa absurda tarea, que él llevó a cabo con esa elegante naturalidad con que desempeña todas las tareas que le tocan, le gusten más o menos. A la inversa del «qué buen vasallo si oviese buen señor» del Mio Cid, aquí podríamos decir «qué buen Señor si oviese mejores vasallos». Esta triste pantomima no sirve ni para hacer reír: con decirles que ha merecido un editorial laudatorio de El País y un artículo de apoyo de Isaac Rosa, sobran los argumentos. Personas de estudios y buena voluntad, tanto en España como en México, se han esforzado en vano por aportar las universidades, hospitales y otros logros civilizados como prueba de que la llamada Conquista no fue un expolio, sino todo lo contrario. Pero lamentablemente es inútil razonar contra los adoquines. ¿Universidades? ¿Hospitales? Pero si también están llenos de abusos, como no podía ser de otro modo, por muchos que sean los beneficios que aportan. Solo los cementerios podrían ostentar en su frontispicio la leyenda absolutoria: «Por fin aquí ya no se abusa de nadie. Descansen en paz».
Si nuestro Rey, Dios le bendiga, no tuviera el alto sentido de su responsabilidad que siempre demuestra, el otro día podría haberle enviado a la Presidenta de México este muy merecido comentario: «En efecto, a pesar del noble testamento de la Reina Católica y de la generosidad de Hernán Cortés, hubo muchos abusos en el proceso de civilización de Tenochtitlán. Pero no fueron nada comparados con los infinitos abusos y crímenes que HOY, no hace siglos, se cometen en México, uno de los países más desiguales del mundo, con mayores injusticias, donde campan por sus respetos los criminales y secuestradores más violentos. Un país donde la mayoría de sus ciudadanos está desprotegida por ese gobierno pomposo e hipócrita que tan preocupado se muestra por los abusos que se cometieron antaño, quizá para disimular los actuales». En fin, paz para quienes la merecen.
Publicado originalmente por The Objective: https://theobjective.com/elsubjetivo/opinion/2026-03-22/paleoabusos/
Fernando Savater.- es un filósofo y escritor español. Fue profesor de Filosofía. Destaca en el ámbito del ensayo y el artículo periodístico, y además, ha incursionado en la novela y el género dramático.
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