Conviene creerse a la gente cuando muestra abiertamente sus intenciones. Especialmente a los políticos. Y sobre todo a los políticos en activo. Esta semana un puñado de activistas han lanzado una flotilla solidaria hacia Cuba como muestra de apoyo al pueblo cubano ante la brutal agresión imperialista de Donald Trump. Despojada de la propaganda para infradotados, esa frase significa que un grupito de sinvergüenzas han volado en Business a La Habana para apoyar públicamente la dictadura salvajemente represora que lleva casi setenta años sumiendo en la pobreza más abyecta a los habitantes de la isla.
Entre los colaboracionistas con la represión están Pablo Iglesias, Gerardo Pisarello, un par de etarras de Bildu y un ramillete de parásitos internacionales entre los que, sorprendentemente, no se encuentra Greta Thunberg. Seguramente la dictadura no podía pagar su elevado caché artístico. Desde el hotel de cinco estrellas en el que se aloja, el ex vicepresidente de Sánchez mandó un vídeo para su canal de televisión («aquí lo conoce todo el mundo», afirmó) en el que explicaba a sus acólitos que en realidad la situación no es tan mala y que las dificultades derivadas de la ausencia de combustible se compensan con una «aceleración en la transición energética». La realidad es que el colapso de la economía cubana ha enviado al país a la época preindustrial y que el espectro del hambre empieza a revolotear sobre la población, como sucedió durante el «Periodo Especial», el eufemismo con el que el régimen de Castro denominó la devastación que siguió al cese de las transferencias tras la caída de la URSS. El marido de Irene Montero se inscribe así en la tradición periodística estaliniana de actuar únicamente como correa de transmisión de la propaganda comunista, como en su día hiciera Walter Durranty negando el Holodomor y defendiendo los juicios farsa de Moscú en la Gran Purga de 1938. Cambian las fechas y los lugares, pero nunca los métodos. El comunista siempre miente. Y si están en el poder, los comunistas siempre matan.
En otro vídeo asestado por Irene Montero a sus seguidores, la ex ministra de Igualdad de Sánchez afirmaba que la solidaridad con Cuba era necesaria por tratarse de la isla «una reserva moral de la humanidad». Miren, a mí me parece que para calificar la dictadura castrista como «reserva moral de la humanidad» nada menos que en 2026 hace falta ser un ignorante o un hijo de puta, y no creo que Irene Montero sea una ignorante. Sabe perfectamente la clase de cloaca inmunda y paupérrima en la que el castrismo ha convertido la otrora economía más próspera de Hispanoamérica y le parece bien, porque eso, exactamente eso, es lo que quiere para todo el planeta: pobreza, muerte y represión. Lo mismo que llevó el chavismo a Venezuela. Lo mismo que ha llevado el comunismo a todas partes, en todas las épocas.
Que en el segundo cuarto del siglo XXI tengamos que estar repitiendo que el comunismo es una hez y los comunistas unos malnacidos es como tener que defender que dos y dos son cuatro, pero algunas ideas se empeñan en no morir. La complicidad con un régimen sanguinario como el de La Habana debería ser motivo automático de expulsión de la vida pública, pero ahí tenemos a un prominente miembro de uno de los dos partidos que gobiernan España cobrando ciento cincuenta mil euros al año por defender el hambre y el asesinato de los ciudadanos de Cuba. Uno de los más grandes tuiteros de todos los tiempos dijo una vez que en cada generación hay un selecto grupo de idiotas convencidos de que el fracaso del colectivismo se debió a que no lo dirigieron ellos. Pero yo a estas alturas ya no les puedo conceder el beneficio de la duda. No son idiotas. Son algo mucho peor.
Publicado originalmente en Libertad Digital: https://www.libertaddigital.com/opinion/2026-03-21/diego-gonzalez-la-reserva-fecal-de-la-humanidad-7378173/
Diego González. Escritor español. Fue parte de Redliberal. Es autor del libro Historiones de la Geografía: https://amzn.to/3QNsgWB Más de él en su blog: @fronterasblog
