Por qué la ilusión de poder diseñar la sociedad sigue volviendo, incluso cuando los hechos la contradicen.

Friedrich A. von Hayek, Premio Nobel de Economía en 1973, abre idealmente este repaso de fin de año con una lección que resulta incómoda precisamente por su simplicidad: la civilización no es el resultado de un proyecto, sino de un proceso. No surge de una mente ordenadora, sino de prácticas que emergen, se consolidan y sobreviven porque funcionan. Este es el núcleo de «La fatal presunción: Los errores del socialismo», un libro que no ofrece recetas, sino que desmantela un hábito intelectual implacable: la idea de que la sociedad se puede diseñar desde cero.

El científico social austriaco demuestra que instituciones cruciales —la propiedad, el intercambio, los contratos, el dinero— no surgieron de un acto de voluntad política, sino de la adaptación progresiva a problemas que ningún individuo era capaz de comprender plenamente. Aquí es donde la pretensión de planificación se desmorona: el conocimiento relevante es disperso, local y, a menudo, tácito. No puede acumularse en un único centro de toma de decisiones. Intentarlo significaría suprimir las señales que coordinan las acciones individuales.

El año 2025, visto sin indulgencia, ofrece una oportuna confirmación. Desde los controles administrativos sobre precios y alquileres hasta las políticas industriales específicas, pasando por la regulación generalizada de la energía y las plataformas digitales, la respuesta pública ha sido una vez más la misma: más órdenes en lugar de señales. Se promete estabilidad, pero se produce opacidad. Se exige equidad, pero se obtiene rigidez. Cuando los precios ya no hablan, el error no se corrige: se acumula.

El pensador liberal insiste en un punto que sigue ofendiendo la sensibilidad contemporánea: muchas de las reglas que posibilitan la cooperación generalizada son contrarias a la intuición. Contradicen el instinto del grupo pequeño, la idea de una solidaridad inmediata y visible. Sin embargo, son precisamente estas reglas impersonales —el respeto a las esferas ajenas, la libertad de intercambio, la competencia como proceso— las que permiten a millones de desconocidos coordinarse sin conflicto. Sustituirlas por un diseño «más racional» significa, paradójicamente, hacer más frágil la coexistencia.

El economista austriaco, alumno de Mises y miembro de la Escuela Austriaca de Economía, también muestra cómo el lenguaje es parte del problema. Cambian las etiquetas, no la estructura del error. Hablamos de «gobernanza», «direcciones», «correcciones», pero la lógica sigue siendo la de la presunción: creer que alguien sabe qué es lo mejor para todos. Esto no es una falta moral. Es un error cognitivo. Y como tal, produce efectos sistemáticos: escasez, distorsiones y conflictos distributivos.

Cerrar el año con esta perspectiva implica hacer un balance diferente. No preguntarnos qué nuevas herramientas se necesitan para aumentar el control, sino qué espacio restaurar a los mecanismos que permiten a las personas adaptarse a las circunstancias cambiantes. No exigir nuevas arquitecturas sociales, sino reconocer los límites de la razón constructiva. La civilización no es vulnerable por ser demasiado libre. Es vulnerable cuando intentamos rehacerla a propósito.

Hayek sigue siendo así una brújula para el año que viene: no porque ofrezca soluciones prefabricadas, sino porque nos recuerda que el orden que funciona es a menudo el que nadie ha diseñado.

Sandro Scoppa: abogado, presidente de la Fundación Vincenzo Scoppa, director editorial de Liber@mente, presidente de la Confedilizia Catanzaro y Calabria.

Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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