Desde los precios hasta los alquileres, cada problema se aborda corrigiendo los resultados. Los dos grandes pensadores explicaron por qué esto destruye las reglas que rigen el funcionamiento de la sociedad.

Cada vez que un precio sube, se repite el mismo patrón. Ocurre hoy con los alquileres, como ayer con la energía o el transporte. El aumento se interpreta no como una señal, sino como una falla. La gente ya no se pregunta por qué disminuye la oferta ni por qué aumenta el riesgo: intervienen directamente en el resultado. Los contratos se vuelven sospechosos, la propiedad un privilegio justificable y la intervención pública una necesidad que se da por sentada.

Se trata de una dinámica profundamente contemporánea, aunque no nueva. Y precisamente por eso son tan útiles las enseñanzas de dos pensadores distantes en el tiempo, pero similares en esencia: David Hume y Friedrich A. von Hayek. De hecho, no proponen soluciones prácticas: muestran cómo la ilusión de «arreglar» la realidad genera resultados contrarios a los prometidos.

Hume parte de un punto simple y radical: la justicia no surge de un proyecto moral, sino de convenciones útiles. La estabilidad de la posesión, el respeto a los acuerdos y la previsibilidad de las consecuencias no garantizan resultados justos caso por caso. En cambio, facilitan la cooperación entre individuos que no se conocen, no comparten objetivos y tienen información limitada. La fuerza de las normas reside precisamente en su capacidad de resistir el cuestionamiento constante.

Aplicada a la actualidad, la visión del filósofo escocés es revolucionaria. Cuando modificamos las normas porque se consideran «excesivas», no estamos corrigiendo una injusticia abstracta. Estamos afirmando que las normas solo son válidas mientras produzcan resultados políticamente aceptables. El daño no es inmediato, sino sistémico: la confianza en las normas se debilita, el riesgo aumenta y la oferta disminuye. Esto es precisamente lo que observamos en los mercados más regulados.

La contribución de Hayek se inscribe en este contexto, trasladando esa misma perspectiva al ámbito del conocimiento. El problema no es meramente legal o moral; es cognitivo. Quienes afirman corregir los resultados presumen saber más de lo que realmente saben. Presumen que pueden evaluar, desde arriba, las condiciones, preferencias, riesgos y alternativas que se encuentran dispersas entre millones de individuos. Es la presunción que el maestro del liberalismo clásico del siglo XVIII ya había intuido, y que el científico austriaco haría explícita en el siglo XX.

Cuando exigimos topes de alquiler, ajustes discrecionales o medidas de emergencia, cometemos precisamente ese acto de presunción. Creemos que una autoridad —política o judicial— puede determinar qué es «correcto» mejor que quienes a diario enfrentan los riesgos del alquiler, el mantenimiento y la insolvencia. Sin embargo, hacerlo no mejora el orden existente: lo debilita. Es una dinámica que el economista vienés, discípulo de Mises, describió con implacable claridad.

Hume explica por qué surgen las reglas; Hayek explica por qué no deben manipularse. Ambos convergen en un punto esencial: las instituciones funcionan no porque produzcan resultados perfectos, sino porque limitan la arbitrariedad. Cuando se pierde esta función, la ley deja de ser un marco y se convierte en un instrumento permanente de intervención.

Esto es lo que ocurre cuando se confía a los jueces la tarea de reequilibrar las relaciones económicas basándose en la equidad de cada caso específico. La excepción se convierte en el método, la incertidumbre en la regla. Quienes pueden defenderse, y quienes no, quedan excluidos. Y estos efectos se interpretan entonces como evidencia de un mayor fallo del mercado, justificando nuevas intervenciones. Un círculo vicioso que ni al pensador del siglo XVIII ni al reconocido exponente de la Escuela Austriaca de Economía les habría sorprendido.

La cuestión no es negar la existencia de dificultades reales ni sostener que todo resultado es justo. Más bien, se trata de comprender que corregir los resultados nunca es neutral. Cualquier intervención que sacrifique la generalidad de la regla para lograr un resultado inmediato genera costos generalizados y a menudo invisibles. Estos costos impactan en todo el sistema de cooperación.

En este sentido, la lección conjunta de estos dos grandes pensadores es todo menos abstracta. Es una crítica radical a la idea de que la sociedad puede gobernarse como un proyecto. Las reglas no existen para mejorar el mundo según un criterio moral contingente. Existen para hacerlo habitable. Cuando se las desvía para «arreglar» la realidad, esta se vuelve más frágil, no más justa.

En la era actual, en el debate sobre la vivienda y el alquiler, esta distinción se borra sistemáticamente. Hablamos de emergencia, justicia y necesidad. Rara vez se reconoce que la constante manipulación de las normas es parte del problema. Hume y Hayek, cada uno a su manera, nos recuerdan que el orden social no surge de la intervención, sino de los límites a esta. Y que el precio de la ilusión de corrección nunca lo pagan solo quienes pretendían dañarse o protegerse; lo soporta todo el sistema de cooperación en el que se basa la coexistencia.

Sandro Scoppa: abogado, presidente de la Fundación Vincenzo Scoppa, director editorial de Liber@mente, presidente de la Confedilizia Catanzaro y Calabria.

Por Víctor H. Becerra

Presidente de México Libertario y del Partido Libertario Mx. Presidente de la Alianza Libertaria de Iberoamérica. Estudió comunicación política (ITAM). Escribe regularmente en Panampost en español, El Cato y L'Opinione delle Libertà entre otros medios.

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